Patagonia


De Madrid a Torres del Paine en Navidad

Volar en Navidad a Sudamérica es meterse en un jardín considerable, especialmente si lo decides tarde. Miles de inmigrantes quieren pasar las fiestas con sus familias y los precios se disparan. 1600 eurazos el vuelo a Punta Arenas, pasando por Santiago. Al pagar los dos billetes juntos, la transacción se fue a más de 3000 euros, rebasando el límite de la tarjeta de crédito, por lo que el pago fue rechazado, hubo que repetir la compra y entre los trámites, emails y llamadas el precio había subido 100 euros más por billete. Tacatá.

Salida muy original, el día 25 de diciembre a las cero horas. El 24 no podía dormir así que me fui al aeropuerto de madrugada a sacar las tarjetas de embarque y tratar de coger buenos sitios para afrontar las 13 horas de vuelo hasta la capital de Chile. Al menos conseguí ventanilla y dos asientos separados. Algo es algo. Con lo que no contaba es que el padel y el fútbol me habían dejado las lumbares para el arrastre, y tenía la espalda como un interrogante, con más contracturas que lunares.

Haciendo estiramientos como un capullo en el aeropuerto de Santiago, a la espera de otras 3 horas de vuelo a la punta sur del continente americano, a orillas del estrecho de Magallanes. El vuelo más espectacular de mi vida. Día despejado sobre Patagonia, con asombrosas vistas del Campo de Hielo Patagónico Sur. A la ida solo me llamaban la atención algunos picos destacados, lagos y lenguas glaciares. Una vez pisado aquel territorio durante dos semanas ya pude reconocer en las fotos que hicimos desde el avión lugares emblemáticos como el Fitz Roy y el Perito Moreno. Un lujo y un privilegio contemplarlos a vista de pájaro.

En Punta Arenas fuimos a dar una vuelta y a asegurarnos de que nuestro billete de autobús para el día siguiente estaba reservado. Semanas de intercambios de emails y llamadas no habían conseguido confirmación, igual que con los refugios del trekking por Torres del Paine. Desesperante. Una mentalidad laboral absolutamente opuesta a la de un europeo. Pasotismo absoluto. Dormimos en un hotelito y a la mañana siguiente nos subimos al bus que partía hacia Puerto Natales, puerta de entraba hacia el parque. Allí pasamos por nuestro albergue para dejar en consigna lo que no necesitaríamos en el trekking y nos subimos a otro autobús que en un par de horas debería dejarnos, por fin, dos días después, en el primer refugio de Torres del Paine. Pero aquel autobús era en realidad una cafetera cuatro latas desvencijada que se vino abajo en cuanto el asfalto dio paso a la arena y el polvo. Rugió, tembló y finalmente crujió, y allí nos dejó tirados en medio de la nada.

Menos mal que nuestro conductor era experto en tales lances, y apañó una ñapa con un trozo de goma y un trapo para poner a la cafetera de nuevo echando humo, unos kilómetros al menos, porque con las torres ya a la vista volvió a crujir y se paró de nuevo. Pero esta vez era en medio de granjas de llamas y con la cordillera de fondo. Como si hay que andar desde aquí, esto ya me mola.
Más goma y más trapo y a trompicones hasta la caseta de entrada, donde nos toca soltar la gallina por el acceso al parque. Tacatá. Y finalmente, después de cruzar medio mundo en dos aviones, un autobús y una cafetera con ruedas, llegamos al refugio Torres, el 26 de diciembre de 2011, un día antes del gran incendio.


Los grandes circuitos

La zona del refugio Torres es como el centro neurálgico del parque, punto de salida de varias excursiones de un solo día. Hay un lujoso hotel, un camping y el refugio con tres barracones y un comedor gigantesco.
Desde aquí parten las dos grandes rutas. La W, hacia el oeste, de 4 o 5 días, y que lleva hasta el valle del Francés y el refugio y glaciar Grey. Y la Circular, hacia el norte, dando la vuelta completa al Cerro Paine.
Nosotros íbamos a hacer la ruta circular en 9 jornadas. Habíamos reservado plaza en refugios y campings, y en estos últimos también habíamos reservado tienda de campaña y esterillas, por lo que solo portábamos nuestros sacos. En casi todos se puede incluir la cena en la reserva, lo cual a mi me parece muy recomendable, porque suele estar riquiísima, te ahorras llevar demasiada comida a cuestas, y es un buen momento para socializar con otros caminantes.


DÍA 1. Refugio Torres - Camping Serón

Mi espalda seguía quejándose ante la perspectiva de una caminata de 9 días con mochilaza a cuestas, ¡y ni siquiera habíamos empezado!, así que aprovechando las facilidades del cercano hotel me marqué una sesión de masaje lumbar en el spa al más puro estilo kumbaya. 60 euritos de inversión que al menos actuarían de placebo, o eso esperaba yo, y carne de mofas a go-go como no podía ser de otra manera: montañero de palo, kumbaya de manual y una larga serie de lindezas totalmente merecidas.

¡En marcha! Camino sencillo y la cámara tranquila de momento en el bolsillo ante el desolador paisaje de árboles calcinados, un cementerio natural recuerdo del incendio que en 2005 provocó un turista checo al volcar una cocinilla. Ya en 1985 un japonés la había liado parda dejando caer una colilla mal apagada. Ambos incendios se comieron un cuarto de parque cada uno.

El sonido de unos cascos tras nosotros nos sacó del lúgubre ensimismamiento, y de repente nos rebasó un caballo al galope con un jinete directamente salido de una tribu andina. Tras él surgió el valle de las margaritas, con un río turquesa zigzageando hasta perderse en las montañas del fondo. Primer ¡wow!, y más wow todavía cuando se puso a soplar el viento con furia y empezaron a caer goterones como castañas. Solo fue una nube en tránsito, ni siquiera nos refugiamos ante el deseo de llegar hasta aquella alfombra de flores blancas que se perdía en el horizonte.

Cuando llegamos al camping Serón nuestra tienda ya estaba montada y esperándonos. Solo tuvimos que extender los sacos para poder descansar un buen rato hasta la hora de la cena, que fue deliciosa, por cierto. El cocinero era el jinete que nos había pasado en el camino, y su compañero en las labores otro genuino auténtico de los Andes. Pasamos un rato genial cenando con ellos, en aquella cabaña que, sin nosotros saberlo, iba jugar un papel crucial en nuestro futuro cercano.


DÍA 2. Camping Serón - Refugio Dickson

Levantarse en parajes tan bellos te hace olvidar cualquier dolencia. Mi espaldita rugía, y los pies de Ruth estaban también finos filipinos. Vaya cuadro. Pero la perspectiva de nuevos paisajes y aventuras superan el sufrimiento de los achaques. Hoy teníamos por delante 18 km hasta el refugio Dickson, donde pasaríamos -eso pensábamos nosotros- dos noches, para recuperar fuerzas en un entorno que suponíamos espectacular.
Un buen repechazo para empezar y, ¡recompensa!, los Andes en estado puro.


El camino no es duro, pero se hace un poco monótono. Las montañas nos rodean en todas direcciones, el sendero avanza por el fondo del valle, pegado primero al lago y después al río Paine, con ese color lechoso tan característico de las aguas glaciares. Hay algunos tramos empantanados, donde han tenido que reforzar el terreno con troncos o pequeñas pasarelas de madera. Poco a poco van apareciendo los reconocibles picos de la cara norte del Cerro Paine, uno de los cuernos y una de las torres, esos lugares míticos que hemos visto en tantas fotos y por los que soñamos transitar desde hace meses. Desde aquel día en una poza de Córcega en la que coincidimos con un señor griego que había recorrido medio mundo, y el cual, ante la pregunta de con qué lugar se quedaría, contestó: con Torres del Paine, aquello es mágico.

Cuando llevas ya 5 horas de marcha empiezas a preguntarte dónde diablos han puesto el refugio y, por fin, tras ascender una pequeña colina, ¡tachán!, lo que alguien definió en un blog como uno de los lugares más bucólicos de la Tierra. Ahí vamos a vivir dos días, ¡toma ya!
Justo delante de nosotros han ido todo el trayecto una numerosa familia de chilenos, y al llegar al refugio les vemos tirados en unas sillas, abatidos. Podría ser el cansancio, pero en sus caras hay algo más, una expresión de tristeza. Se ha desatado un incendio en la zona del lago Grey, en el otro extremo del parque. El fuerte viento extiende las llamas a toda velocidad, el fuego está fuera de control y se ha cerrado la zona, evacuando a todo el mundo. Las llamas lo están devorando todo, y avanzan hacie el Valle del Francés irremisiblemente, ya que los helicópteros no pueden entrar en acción por culpa del viento.

Todo el mundo tiene que pasar por ahí en la ruta circular. Las comunicaciones son pobres y la información escasa. Nosotros decidimos seguir adelante con nuestros planes mientras no haya orden contraria. El fuego no puede llegar hasta Dickson, ya que entre medias está el paso John Gardner, un collado a gran altura, sin nada de vegetación y rodeado de roca y hielo. Infranqueable para las llamas.
Solo queda esperar. No hay cobertura de móvil, tan solo una radio de onda corta que comunica los refugios.

Las horas se pasan bien en la agradable zona común. La gente charla, o lee, o escribe sus diarios. En un refugio de montaña nunca verás la patética estampa de todas las cabezas inclinadas sobre las pantallitas de sus móviles. Después llega la cena, por turnos, y allí conocemos a un tipo tan sensacional como Christian Hessing, un alemán de mediana edad que aparcó su monótona vida en Stuttgart para lanzarse a recorrer Sudamérica en moto. Comenzó en Calgary hace 5 meses y después de Torres del Paine seguirá por la Panamericana hasta Santiago, última etapa de su aventura. No puedo evitar sentirme profundamente influenciado por personajes así.


DÍA 3. Glaciar Dickson

Las noticias son escasas. El fuego avanza, eso seguro, el incendio está descontrolado pero de momento no hay orden de evacuación. Parece ser que se propaga en dirección sur, hacia el lago Pehoé. Un desastre para el turismo, ya que ahí es donde se concentran más cantidad de excursiones en barco y pequeñas rutas de un día.
Nosotros seguimos adelante con nuestros planes. Hoy día sin mochila. Qué gozada. Hay mucha gente que se toman un día off a la espera de novedades y deciden ir, como nosotros, de excursión al glaciar Dickson, bastante alejado de la ruta circular, y que requiere una jornada completa.

Hay que ponerse de acuerdo con el refugio, ya que es necesario cruzar el lago, y para ello hay que emplear unas balsas y tirar de unas cuerdas que van de orilla a orilla. La corriente es bastante fuerte y se hace difícil avanzar. Una vez en el otro lado concretamos la hora de vuelta con el barquero, y ponemos rumbo norte. Son unas dos horas de marcha con poco desnivel, a través de bosque y pradera, cruzando algunos ríos y contrastando la diferencia brutal entre un lago de agua dulce y otro de agus glaciares. Uno es azul oscuro, el otro del habitual cyan lechoso que venimos viendo todo el camino.
Cuando por fin llegamos al glaciar el viento sopla con furia, y es bastante difícil mantenerse en pie, pero hemos ido hasta allí para verlo y es muy bonito, así que habrá que combatir el viento y el frío como se pueda. Algunos icebergs flotan a la deriva en los 300 o 400 metros que nos separan del hielo. Justo detrás, a pocos kilómetros de distancia, el Dickson se une con el Perito Moreno. Una travesía corta pero infranqueable en línea recta a través del hielo, y de más de 500 km por carretera.
Emprendemos el retorno admirando de cara la silueta y los diferentes colores del lado norte del Macizo Paine, una estampa que por sí sola ya compensaría la caminata de hoy.


A la vuelta intercambiamos impresiones con la numerosa familia de chilenos, que hoy han hecho la siguiente etapa hasta el glaciar Perros, ida y vuelta. Están machacados, pero no querían marcharse sin apurar el camino todo lo posible. Ellos iban a pasar la nochevieja en el refugio Grey, y desde ahí tomar el barco de salida del parque. Nosotros tambien teníamos la cena de nochevieja reservada en Grey, un plan formidable, justo después de haber coronado el legendario paso Gardner.
Mañana será el día clave. La orden de evacuación planea sobre nuestras cabezas. Nadie quiere irse. Nadie quiere dejar de avanzar. Pero el fuego no se detiene.


DÍA 4. Refugio Dickson -  Campamento Perros

El fuego se ha propagado muchísimo por el sur del parque, y amenaza con cortar la salida por Laguna Amarga. A pesar de la lluvia que cae no hay manera de controlar las llamas, ya que el viento continúa extendiéndolas velozmente. El Valle del Francés, una de las joyas de Torres del Paine, ha sido alcanzado por el el fuego, y empieza a consumirse. Se rumorea que el causante del incendio fue un israelí jugando a prender fuego a un rollo de papel higiénico.

El refugio se despierta triste. La gente está callada y solo se habla de si darse la vuelta o esperar un poco más. Casi todo el mundo opta por lo primero, ya que la amenaza de quedarse bloqueado es real. Ya surgen planes alternativos de trasladarse al Fitz Roy o el Perito Moreno, ambos en el lado argentino.

Le preguntamos al guardia del refugio si está prohibido seguir adelante, y nos dice que de momento no hay orden de evacuación. Nosotros continuamos. Hasta donde se pueda.

El camino de 4 horas por el bosque es de los más tristes que recuerdo. No tenemos ganas de hablar, pero es que además vamos absolutamente solos. Apenas si vemos a Marvin, el holandés, y a su amigo israelí de vez en cuando. La lluvia parece asociarse con los ánimos, y nos acompaña todo el día. Por fin nos encontramos a una pareja de chilenos que vuelven desde Grey. No han podido avanzar más hacia el sur y les toca deshacer todo el camino, unos 45 km, hasta la salida. Intentarán hacer noche en Dickson, y mañana llegar al inicio. Nos cruzamos con algunos más como ellos y, definitivamente, las esperanzas se desvanecen. Solo podemos intentar llegar a Perros y tratar de subir al paso Gardner para, al menos, admirar desde allí arriba el Campo de Hielo Sur.

El guarda del campamento, un tipo enorme y melenudo llamado Alejandro, se queda un poco flipado al vernos llegar, pero aún así nos monta la tienda en un periquete. Estamos cansados y empapados, y lo que se iba a convertir en un breve descanso se transforma en una siesta de dos horas al entrar el calor de los sacos en nuestros cuerpos.
Tras el descanso nos planteamos las opciones. El día no puede estar peor. La subida de tres horas hasta el collado es una locura, porque desde allí arriba no se va a ver nada con estas nubes tan bajas que siguen descargando sin cesar. Decidimos intentar llegar hasta el cercano glaciar Puma, el único de la zona que se puede tocar con las manos. La senda comienza desde el campamento, vadeando un río que viene tan crecido con las lluvias que no se ve ni la cuerda-guía que marca el vadeo. Manda cojones que el parque se esté quemando mientras llueve tanto que los ríos bajan medio desbordados. Vaya día.

Resignados nos damos la vuelta, pensando que tal vez mañana levante mejor día y podamos subir al paso. Nos vamos a una pequeña cabaña rústica que hace de zona común, donde conocemos a unos hermanos zaragozanos y a una pareja de colombianos muy majetes. Allí estamos intercambiando anécdotas e impresiones cuando aparece Alejandro con la alarma de que todo el mundo tiene que dormir en Dickson esa misma noche.
Se ha ordenado la evacuación, y al día siguiente no puede quedar una sola persona dentro del parque. Estamos a 40 km de la salida.

Curiosamente el camino de vuelta se hace mucho más ameno e interesante que el de ida. La lluvia nos da un respiro y podemos disfrutar algo más del glaciar Perros, y luego del precioso trayecto por el bosque. Cuando llegamos a Dickson es casi de noche, y por suerte nos dan de cenar y unas literas para dormir. Tercera noche en el refugio que tanto nos había maravillado al verlo por primera vez.

Noche cerrada y sigue llegando peña. Christian, el alemán. El israelí rubio. Una pareja no se de donde. Y finalmente, horas después, Marvin con el guarda. El máquina holandés se había subido al paso John Garner, así que el guarda Alejandro tuvo que esperar a que bajara para darle la voz de alarma y de evacuación. Se hicieron las 4 horas de camino con linternas. 


DÍA 5. La evacuación


La consigna del día está clara. Hay que salir del parque hoy. Eso nos dicen los guardas de Dickson, que también se preparan para la evacuación. Ellos serán los últimos en abandonar el barco. Hay que hacer dos etapas en una, más de 30 kilómetros, ya que tendremos que llegar hasta Laguna Amarga, donde estarán los autobuses esperando.

Cuando estamos cargándonos las mochilas a la espalda aparece un helicóptero por el sur. ¿Nos sacan en helicóptero? Somos unas 50 personas, de modo que no creo. ¿Será para los guardas? ¿Para algún adinerado que no quiere pegarse la paliza? La respuesta llega pronto. Una mujer se cayó ayer en el camino desde Perros. Se dio de cabeza contra una roca, perdió el conocimiento y tuvo que ser llevada hasta Dickson en caballo. Esta mañana tiene una bonita brecha y pérdida de memoria. El helicóptero se aleja por el aire con la mujer, perdiéndose de vista en un santiamén, y los demás nos vamos poniendo en marcha lentamente por tierra. Larga, dura y triste jornada por delante.

Desde la pequeña colina echamos un  último vistazo al refugio, una visión que no pensé que iba a volver a tener y que me produce una profunda amargura. La desilusión ha sido enorme. Me había preparado esta aventura los dos últimos meses, había leído foros y blogs, me había pegado con las compañías de reservas de refugios, campings y autobuses, había generado ilusiones, vivencias previas, había soñado con el paso John Gardner, la Nochevieja en Grey, el Valle del Francés y el Refugio Chileno. Y se están quemando. No porque un rayo haya caído sobre un árbol y el viento haya propagado su llama, sino porque un gilipollas estaba jugando a prender papel higiénico con un mechero. Y el parque se quema. Una de las joyas naturales del mundo se calcina. ¿Cómo no van a restringir el acceso a los espacios naturales? ¿Cómo no van a ser las visitas guiadas, controladas y reducidas a grupos mínimos? Recorres los senderos de Córcega y están llenos de mierda. Mierda humana. No excrementos, sino basura. Plásticos, botellas, envoltorios de bolsas de patatas y latas de refrescos. Vas a un bosque milenario y los árboles tienen grafitis grabados a navaja, grafitis de “imbécil was here, tal día de tal año”. Tú, imbécil, no volverás a ese bosque jamás, pero has tenido que dejar tu sello. Tu sello de imbécil. El ser humano da asco.

Vamos a paso ligero, desandando kilómetro tras kilómetro. Ya cerca de Serón se pone a llover. Cojonudo. Estamos machacados, decepcionados, mojados y preocupados. Sin cobertura desde hace cinco días, no dejo de pensar en cómo estará mi madre si se ha enterado. Mi única esperanza es que la noticia no haya trascendido. Pero internet es global e inmediato, es muy fácil que cualquier vecino haya leído la noticia del incendio y le haya preguntado al encontrársela en el ascensor.


Nochevieja en Serón

Ya nos habían dicho que Serón estaba cerrado. Los guardas se han ido y han echado el candado a las puertas. De momento solo la tienda de Marvin está montada fuera, nadie más ha llegado. Es el sitio perfecto para reponer fuerzas, pero no tenemos techo, y sigue lloviendo. Ruth se pone a investigar y descubre una puerta abierta que comunica los baños con la cocina. ¡Tacatá! Llegan los zaragozanos y les comunicamos el hallazgo. Para dentro, de aquí no nos mueve ni la grúa. Poco a poco van llegando más caminantes y en seguida se acuerda hacernos fuertes en el refugio. Al fin y al cabo es Nochevieja, y qué mejor que pasarla en familia, aunque sea una improvisada.
En una revisión rápida del local descubrimos que las neveras están repletas de la cena para fin de año: cordero, patatas, chocolate y… ¡cervezas! ¡Madreeee mía! No me digas más. Marvin el holandés se aprieta las birras como si no hubiese un mañana, y entre todos acordamos hacer una buena cena común a base de lo que cada uno lleve en las mochilas y, ¿porqué no?, el corderazo al horno. Pero he aquí que nos hemos juntado 4 españoles, 3 holandeses, 2 alemanes, 4 israelíes y varios de aquí y allá, y surge el debate fruto de la diferencia de culturas y caracteres. Una holandesa marimandona exige que se pague lo que se vaya a consumir a su precio de reserva. Los israelíes se niegan en redondo a coger nada que no sea suyo por considerarlo robo, y los españoles apuntamos a pagar algo simbólico, una aportación de 5 o 10 euros por barba. Nos hallamos en plena discusión cuando llegan un grupo de 4 chavales chilenos con su padre, al que traen machacado. Y la balanza se decanta claramente por el lado latino, resultando la holandesa ninguneada y con un cabreo descomunal. Tanto es así que se pira a su tienda con su novio y pasan de la fiesta.

Ruth se hace la dueña del garito. Se encarga del cordero y reparte tareas entre la legión. Mientras tanto Marvin rompe la baraja con la cerveza y se desata el desparrame. Caen las chocolatinas, las bebidas, los aperitivos, todo elemento consumible es devorado como en una orgía romana. Suena la música, bailan los más desgarbados, y a medianoche todos entonamos la cuenta atrás para gritar al unísono: “¡Feliz año nuevo!”.

Ruth y yo dormimos en la cama de uno de los guardas, y casi todos los demás en sus tiendas. A la mañana siguiente aquello parece Pompeya. Nos ponemos a limpiar y dejamos todo bastante apañado. Con el viento que hace los manteles se secan en cero coma, y el proyecto de fondo común queda en un tarro de buena voluntad con más voluntad que billetes.


 1 de enero de 2012

De nuevo en el camino aparecen varios gendarmes a caballo, asegurándose de que todo el mundo -hoy sí-  abandone el parque. El fuego sigue avanzando, pero parece que ya está bajo control. Como si se tratase de una broma pesada nos hacen tomar el sendero de Laguna Amarga, cruzando por los restos del incendio de 2005. No pronunciamos palabra mientras atravesamos aquel espeluznante paisaje de cenizas y troncos muertos, con las torres de fondo y los rebaños de llamas observándonos de cerca. 


Tomamos el autobús que nos conduce a Puerto Natales, y en cuanto tengo cobertura recibo la llamada de la Embajada española. Mi madre ha movilizado a media Sudamérica y la van a llamar de inmediato para que no se preocupe, aunque ya le habían dicho que no había ninguna baja hasta la fecha. Yo la llamo también en seguida y me cuenta que, efectivamente, se enteró del incendio por internet. Maldita globalización.

Así terminó nuestra aventura en Torres del Paine. Mi amigo Rodrigo vino aquí para su luna de miel y ni siquiera pudo pisarlo por la huelga del gas de 2010. En 2011 nosotros al menos recorrimos su lado norte antes de que las llamas devorasen toda la mitad sur, causando daños que tardarán en recuperarse más tiempo del que voy a disponer en esta vida.


Del Perito Moreno al Fitz Roy


Nos quedaban cinco días por delante antes de volver a España. Había que decidir cómo invertirlos y ocuparse de la logística pertinente. Pero antes había que reclamar la devolución de las reservas no disfrutadas de los refugios y cenas de Torres del Paine. Fuimos a las dos empresas que lo gestionan, ambas con sede en Puerto Natales, y después nos dedicamos a vagar por la ciudad en busca de planes a corto plazo y medios de transporte.

Como habíamos sido los últimos en escapar del incendio apenas si quedaban autobuses disponibles para ir a ninguna parte. Todo estaba ocupado. Compartimos cena con algunos de los compañeros de Nochevieja, y allí surgió un grupo con intereses comunes. Queríamos ir al Perito Moreno y después al Fitz Roy. Como plan sonaba genial, pero la ejecución no era tan sencilla. Había que encontrar un coche de alquiler y cruzar la frontera con Argentina, llegar a Calafate y después al Chaltén, para estar de vuelta cinco días después en el aeropuerto de Punta Arenas, Chile. Unos 2000 km de recorrido.

Tras varios intentos fallidos conseguimos un coche lo bastante grande para cinco personas y sus equipajes, y nos pusimos en marcha. La frontera presentó los problemas previstos, con sus funcionarios recelosos y sus soldados con metralleta que te preguntan si eres israelí con cara más bien de pocos amigos. Y, además, un bonito contratiempo extra en forma de huelga de pasos fronterizos, por lo que los cruces entre países funcionaban solo con servicios mínimos. Excelente.

Una vez en marcha volamos por las rectísimas carreteras de la Patagonia argentina. Llegamos a Calafate tomando un atajo que en el mapa aparecía como carretera sin asfaltar y que resultaron 70 km infames de polvo, piedras y mucha tensión. Los bajos de aquel coche tamborilearon durante una larga hora en la que nos vimos siendo rescatados de un reventón en medio de la nada. Llegamos a Calafate bordeando el bonito Lago Argentino, y rápidamente buscamos alojamiento, comimos y nos pusimos en marcha hacia el Perito Moreno, a 80 km de distancia.

Llegamos cuando ya se iba todo el mundo, lo que nos permitió disfrutar en relativa soledad de uno de los espectáculos más impactantes de la naturaleza. Las intensas experiencias acumuladas te van haciendo cada vez menos impresionable, pero aquí, en el Perito Moreno, me encontré con la boca abierta, desbordados mis sentidos ante la belleza que tenía delante. Te puedes hartar de ver fotos y videos de este glaciar, nada es comparable con la sensación que produce su proximidad. Cruje, suena, respira. Está vivo. Se parte, se despedaza y se desploma en bloques de varias toneladas de hielo desde 20 metros de altura, hundiéndose en el lago y generando una ola inmensa para emerger seguidamente de otro color y con otra textura, ya no como glaciar sino como iceberg. Es un espectáculo descomunal.

Uno de los pocos glaciares del mundo que continúan creciendo, de ahí su potencia visual y sonora. La estructura de pasarelas de madera no hacen sino contribuir al disfrute. Se integran perfectamente con el entorno, y recorren varios kilómetros a diferentes alturas por el extremo del glaciar.
Se pueden hacer excursiones en barco hasta su base, desde donde se admira la altura del acantilado de hielo, y también a pie por su superficie, con un guía. Me moría por volver al día siguiente en un barquito y contemplar esa masa blanca y azul desde el agua. O caminarla, arriba y abajo, una y otra vez, en el durísimo periplo que supone avanzar sobre un glaciar. Pero nuestro tiempo era limitado, y habíamos elegido Fitz Roy.
Nunca se sabe dónde está la suerte. El amargo sabor que me dejó la huída de Torres del Paine propició esta inesperada visita a una de las maravillas naturales del planeta que más me ha impresionado.



Al día siguiente nos lanzamos de nuevo a todo trapo sobre el asfalto, devorando kilómetros sobre un terreno infinitamente llano y desolado. La Pampa. Llegamos al Chaltén con la misión de alquilar tienda y aislantes para tres días, y después de comer en el pueblo emprendimos la marcha hacia el campamento Poincenot. Un camino de subida constante pero muy kumbayero, plagado de excursionistas de un día. Las vistas van haciéndose poderosas según se disipan las nubes y se destaca la figura del Fitz Roy, de aspecto bastante parecido a las Torres del Paine.

Es muy típico comenzar la ascensión a la base del Fitz Roy  de noche para ver amanecer desde arriba. Debe de ser precioso, pero nosotros empezamos a subir con el sol casi en perpendicular. Subida a piñón, sin falsos llanos, paso a paso y a fuerza de riñón. La jornada anterior habíamos tenido un viento tan fuerte que en ocasiones dificultaba el avance. Ahora la propia montaña hacía de pantalla, y con la calma me vi luchando una vez más contra mis archienemigas las moscas. Moscas del tamaño de un gorrión que, como no podía ser de otra forma, estaban enamoradas de mí y no cejaban en su empeño de mostrarme su pasión. Tábanos gigantes, especialmente asquerosos, molestos y pesados. Tábanos a docenas, a millares. Menos mal que al llegar arriba el viento volvió con más furia todavía, tan violento que para admirar el colosal escenario había que buscar refugio entre las rocas.

Por la tarde salimos hacia el campamento Agostini. De camino paramos en las lagunas Madre e Hija, muy bonitas y muy apetecibles al baño en un día tan soleado y caluroso como ese. Eran las 4 de la tarde y a pesar de la gélida temperatura del agua el baño nos dio la vida, aunque nos retrasó bastante en la marcha y tuvimos que apretar el paso para llegar con luz a montar la tienda.
El cerro Torre apareció casi al final, colosal en la cabecera del valle. Esa tarde no había tiempo de ir a saludarlo, habría que madrugar al día siguiente y verlo con la mágica luz del amanecer.
A las 5 sonó el despertador. Tuve que obligar a Ruth a levantarse, tenía los pies muy castigados de todo el viaje, y nos quedaba por delante una jornada descomunal de pateo y carretera. Pero irse de allí sin ver el cerro Torre, con la oportunidad de hacerlo al amanecer en un día de cielo limpio, cuando tantos y tantos han llegado hasta aquí para apenas intuirlo entre las nubes… inaceptable.
Llegamos al tran tran a un punto intermedio en el camino, con una perspectiva perfecta. Fue un momento colosal, una de esas estampas que  se te quedan en la retina y te acompañan ya para siempre.


Regresamos a recogerlo todo y ponernos en marcha. Esta misma noche cogíamos el vuelo de vuelta a España desde otro país, a unas 5 horas de marcha a pie hasta el Chaltén y 900 km de asfalto hasta Punta Arenas, en Chile, con sus correspondientes pasos fronterizos, en huelga por cierto. Hicimos la bajada por el valle según el tiempo previsto, y justo cuando salíamos del parque del Fitz Roy entraban de nuevo las nubes que suelen ocupar sus cielos, y que se habían marchado justo durante estos tres días que estuvimos nosotros. Tuvimos suerte esta vez.
La carretera es una recta infinita, sin tráfico y bien asfaltada. Optamos por el camino largo, evitando así el fatídico atajo de pedruscos de la ida. Se da bastante más vuelta, pero no se sufre tanto, al menos yo, que iba conduciendo y me parecía llevarlo todo controlado. Pero en un momento dado los del asiento de atrás me pidieron que rebajara la velocidad, que iban acojonados. Es cierto que con semejante carretera me puse a 200 km/h en algún momento, con aquello de que íbamos faltos de tiempo. A las 3 empezaba la huelga de aduanas, de modo que teníamos que estar en Chile antes de esa hora.
Llegamos en reserva a la única gasolinera que aparecía en el mapa, pero este es otro mundo al conocido, y el camión de abastecimiento no había llegado ese día. Tenían los depósitos sequitos, ni gota de fuel. ¿Y ahora qué? “Tirais recto sin pasar de 50 hasta una estación diminuta que hay a 70 km de aquí. No tiene pérdida”. Por suerte la estación diminuta estaba en nuestra ruta, lo que había que ver es si llegábamos con el coche en reserva y cargado con 5 mochuelos y sus equipajes. 
Yo no tengo paciencia para ir a 50 durante hora y media, así que Fernando se puso a los mandos y al tran tran y rezando lo que cada uno recordaba llegamos hasta una caseta medio derrumbada con un único servidor desvencijado. Allí no había ni dios. De puta madre. Las 2 de la tarde, una hora para que nos chapen la frontera.
Preguntamos en la única casa de por allí y nos dicen que seguramente llegue alguien pronto, que se habrá ido a comer. Por esa carretera no pasa ni un alma, y al rato se oye el motor pesado de un camión de cuyo remolque salta un chaval y se dirige a la gasolinera. Nos abalanzamos sobre él a preguntarle si es el encargado y, con el tiempo al límite, llenamos el depósito, me pongo de nuevo a los mandos, y ni quejas ni ostias, a toda leche hacia Chile.
Pasamos la frontera sobre la bocina y, ya más relajados, seguimos hasta Puerto Natales, comemos en una pizzería y nos despedimos de Fernando Rosas, nuestro compañero de aventuras chileno. Los cuatro españoles continuamos marcha hasta Punta Arenas, sin más sobresaltos, a subirnos a un avión primero a Santiago y después otro hacia Lima, antes de dormir prácticamente todo el vuelo hasta España.


Lima, Perú

Hemos puesto por costumbre pasar un día de tránsito en una ciudad aprovechando una escala antes o después de un viaje. No somos muy urbanitas, así que un día es la medida perfecta para visitar ciudades que de otro modo tal vez nunca nos parásemos a ver. Lo hemos hecho en Milán, Copenhague y ahora Lima, y los tres han sido días realmente buenos.

Dejamos las cosas en la consigna del aeropuerto, pagamos la tasa de salida que tanta rabia da y salimos a regatear con los taxistas para ir al centro de la ciudad. Nos dimos una vuelta por el Lima caótico, tomamos algo, subimos a los autobuses en marcha, hicimos fotos a sus edificos semiderrumbados y nos fuimos a comer a un lugar que nos recomendó un taxista. Comida típica peruana, cerveza Cusqueña y pisco.

Por la tarde paseamos por la zona noble, la de los hoteles a orillas del mar, con un paseo marítimo formidable en lo alto de un acantilado, con el Océano Pacífico un poco desvirtuado por la bruma y la contaminación. Vimos a los parapentistas aterrizar casi en nuestras cabezas, nos quedamos con las ganas de ser uno de ellos y regresamos al aeropuerto más felices que los regalices.